Siempre es todo una ilusión, un holograma, un espejismo. Siempre creo encontrar una poza de agua en el asfalto, pero es solo la sangre que queda de la caída que siempre me doy. Y siempre es la misma piedra la que me hace tropezar.
Creí ver el brillo especial en sus ojos, la sonrisa especial en sus labios, el latido especial en su pecho... Pero solo fueron alucinaciones varias. Nada de qué preocuparse: ya estoy acostumbrado.
Es como el cloro sobre su polera, que destiñe el color de mis sueños y quita el olor de mis anhelos...
No sé qué escribo, no sé por qué escribo, no sé para qué escribo. Ya no confío en mis creencias ni en mis convicciones. No creo en las verdades de mi vida, y menos aún en los pilares de ella. Solo creo en la inseguridad de estas palabras que quizás no lea, o que quizás lees en este momento. Solo creo en las mentiras que he dicho, porque sé que no es real, aún cuando lo real lo esté poniendo en duda. No, no creo en lo que escribo, y menos en lo que siento, pienso y hago.
De lo único que estoy seguro es que sus ojos, aun estado cubiertos y encerrados, me volvieron a generar ese brillo en los míos, ese latir en mi pecho, esa sonrisa en mis labios... Y ese escalofríos en mi espalda.
Y mientras el segundero intenta escapar de sus vueltas...
12 de mayo de 2010
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